La costa española yacía empapada por la lluvia cálida y constante mientras el sol se abría paso entre pesadas nubes. En el balcón de un desgastado apartamento junto al mar, Andolini y Ulysses pasaban el tiempo en un silencio inquieto, el aire húmedo cargado de una tensión no expresada que ninguno de los dos hombres podía sacudirse. Un hambre silenciosa persistía entre ellos, un anhelo impaciente que ninguna distracción podía aliviar. Entonces Arjona pisó la terraza. El impresionante brasileño se movía con la gracia effortless e insolente de alguien que aún desconoce el deseo que provoca. Los ojos de Andolini se levantaron al instante, atraídos hacia él como un imán. En ese latido suspendido, algo eléctrico se apoderó, una chispa innegable que prometía que la tarde no permanecería en silencio por mucho tiempo. Mira cómo se desarrolla toda la historia en cada fotograma ardiente justo aquí.
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