Andolini encuentra alegría en viajar, pero nada se compara con el deleite de tener visitantes que vengan a su ciudad natal para recibir personalmente su preciado “oro blanco”, lo que le trae el alivio tan necesario. Yoyo, un bretón animado, conoce bien a Andolini. Siempre en movimiento, Yoyo se pone sus elegantes vaqueros y se dirige a la casa de su amigo en Lyon, ansioso por hacer que el viaje valga la pena.
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